El niño y el viento

Un pequeño niño juega con su conejo blanco en el jardín. Esta vez, es el niño quien decide escapar. Tras una tarde de juegos, el jardín se había achicado y las maravillas escaseaban. Él sabe que en lo desconocido queda mucho por descubrir. Un árbol es su primera meta, un puesto de observación al mundo forastero.

El viento, mirando interesado desde las alturas, baja a acompañar al pequeño explorador. Sopla gentilmente sobre su cara, limpiándole el pelo de los ojos. El niño trepa hasta media copa y observa alrededor. Desde su nuevo castillo se extienden tierras extrañas y misteriosas, cuyos confines y tesoros no son visibles a la distancia. Hay que entrar y explorarlos de cerca.

El viento oye un tenue mensaje, pero el niño está distraído trazando su siguiente paso. Con una leve brisa hace sonar el millar de hojas para comunicarle las palabras oídas, pero los gorriones y zorzales lo oscurecen con su canto. Sopla con más fuerza, pero esta vez levanta cientos de luciérnagas que alumbran el atardecer. Las luces flotantes son fascinantes. Envuelven al niño, lo hipnotizan y se eleva en una torre de luz.

Finalmente, se le ocurre un mensaje que cantos y luces no podrán interceptar. Sopla suavemente hasta entrar al castillo y llegar a su destino. El niño baja del árbol y se va a buscar a su conejo. Ya es hora de comer.

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