En memoria de un héroe

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“Lo difícil lo hago, y lo imposible lo intento” – Jorge Escarpentier

La Muerte lo conoció un 1 de enero entre fuego y pólvora. Era el comienzo del año 1953 y mientras unos fuegos artificiales deslumbraban a media ciudad de Valparaíso, otros se rebelaban, generando caos de impensables consecuencias. Peleando entre las llamas se encontraba un joven Jorge Escarpentier, de 22 años, en primera línea intentando aplacar el incendio. Unos cargamentos de pólvora sin declarar convocaban a una curiosa Muerte al lugar, quien observaba con gran interés al grupo ahí presente. Cuatro fueron los héroes que salieron vivos de aquella noche. Cuatro bomberos vieron a compañeros desaparecer por la explosión. Algo vio la Muerte en Jorge, en su espíritu guardaba un gran valor que le intrigaba. Y así es como la implacable Muerte decidió dejarlo entre los vivos, con gran interés en lo que traería su vida. Poco sabía que no se lo hubiese podido llevar aunque hubiese querido.

Valentía, fortaleza… Los adjetivos se quedan cortos al describirlo. Más bien, él fue la personificación de tales características, de sus valores y mucho más. Nunca dando una batalla por perdida, nunca dejando de luchar. Nunca dejando de repartir su humor y buena voluntad a quien lo necesitara. Se casó con una hermosa joven, cuya mano había pedido momentos antes de cruzarse con la Muerte. Juntos tuvieron dos hijos y dos hijas, y mantuvo una tienda de abarrotes cuando no estaba junto a su segunda familia en la bomba. Pero la vida le deparaba muchos más desafíos por delante; no estaba ni cerca de dejarlo.

La Muerte compartió su interés con el Destino, y juntos siguieron de cerca su existencia. Aprovechando el complicado clima en el que se encontraba el país, le quitaron todo fuera de la familia. Su fuente de ingresos y alimento, y con lo que ayudaba a los que necesitaban, le fue arrebatado sin piedad. Le quitaron y maniataron su libertad, pero su espíritu no fue quebrantado nunca, si no fue fortalecido aún más. Nunca se cansó de dar: con lo poco y nada que tenía talló regalos y forjó sus valores en sus seres queridos.

La vida le permitió salir y volver a luchar, desde abajo y contra la adversidad. Eso fue exactamente lo que hizo, una y otra vez, cuantas veces fueran necesarias. Mientras seguía aportando a la sociedad mediante el trabajo que lo llevó a conocer a la Muerte, levantó a su familia de cada forma que encontraba. No dejaron de ponerle obstáculos, no dejaron de lanzarle desafíos y no dejaron de impresionarse cada vez que salía adelante a punta de esfuerzo y dedicación. Su fortaleza la transmitió a los nietos y bisnietos que vio nacer, así como sus enseñanzas y experiencias, su voluntad de ayudar al prójimo y los encantos y la magia de la vida. Hizo aparecer bastones de dulce con un rocío de agua, por arte de magia; nos hizo reír en cada situación imaginable, muchas veces haciéndonos olvidar de nuestras penas.

Y cuando uno piensa que ya no podría haber entregado más, él seguía. Decidieron atacar su descanso y luego su cuerpo. Lo golpearon y mordieron, le quebraron la pierna, e incluso la cadera, pero con su espíritu nunca pudieron. Desafió a la Muerte en innumerables ocasiones, ya eran viejos conocidos, y logró torcerle la mano cada vez. Su afán de proteger a su familia, de estar ahí para ellos era mucho más poderoso. Llámenlo fortaleza, quizás aliñado con una terquedad enorme, pero siguió con vida y siguió adelante. Tanta vida, que con cada golpe sorprendía y contagiaba a todos sus ganas de vivir. Provocaba una profunda admiración por esa fortaleza, esa capacidad de salir adelante contra todo pronóstico.

Sin embargo, somos humanos, somos personas de carne y hueso. Cada golpe terminó por pasar la cuenta, eventualmente. El cuerpo se cansó por más que su espíritu siguiera inquebrantable. Se fue en el sueño, luego de sufridas y largas luchas. Hasta el último momento, la Muerte nunca vio que la Vida misma lo tenía fuertemente entre sus brazos para que la transmitiera en todo su esplendor. Ahora él descansa, un merecido fin de su gran viaje. Pero eso es lo de menos. Dejó en este mundo innumerables enseñanzas e historias, varias de las cuales han quedado fuera de este relato, puesto que de lo contrario no acabaría. Nos dejó un legado enorme: Sus valores, su amistad, su forma de vivir la vida con una pasión y dedicación espectacular. Fue un padre, un héroe, un amigo, un líder y un guía. Nos dejó un gran regalo y es deber de nosotros honrarlo.

Gracias Tata, me siento afortunado de haber compartido contigo.

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