Post-mortem II

Los tiempos han cambiado, vaya que lo han hecho. Cada descubrimiento es una novedad por agregar a nuestra vida diaria. Una expansión de la realidad inédita a la cual acostumbrarse. Las novedades se están apoderando de nuestra cotidianeidad, a tal punto que nada es cotidiano ya. Incluso en el campo de las artes hemos visto evoluciones antes impensadas. Estamos en una época donde siempre hay alguien dispuesto a adoptar la última invención y hacer de ella una obra artística, por más complicado que resulte.

El trabajar con los muertos no ha sido fácil, especialmente en el teatro. La conjunción de los vivos y los muertos hacen una increíble yuxtaposición, imposible de lograr en tiempos de antaño. Hemos logrado ejecutar una exposición artística inigualable tanto en valor como en impacto. Pero eso no quita ni hace más llevaderas las dificultades que esto nos trae. Partiendo por que la retención de información que poseen no es la mejor. Aparentemente, hay un decaimiento de la memoria una vez muerto, por lo que hemos de armarnos de paciencia mientras aprenden lentamente sus líneas, confiando en que no se les olvidarán para el día siguiente. Espero que su memoria no se deprima sin control; en ese caso estaremos en problemas en un tiempo más. Al menos, conservan sus emociones de forma intacta. O más bien, son casi pura emoción, por lo que cuando logran pronunciar sus líneas el impacto es espectacular.

Por otra parte, el movimiento de los muertos es bastante complicado. Simplemente, no lo hacen. Uno tiene que hacer sus movimientos por ellos. Si al menos pudieran soportar su propio peso sería todo más fácil, mas es algo que cae fuera de sus facultades. Así, sus papeles generalmente no exigen grandes desplazamientos o gestos exagerados; los autores han sido cautos en su utilización. Sin embargo, no falta el escritor rupturista que quiere ir más allá y traer a un muerto a la vida en el escenario, lo cual está muy bien en el papel, pero que se quede ahí. Un brazo por acá mientras el otro revolotea por allá. La pierna se queda enganchada en el cordel que pasa por el suelo y el cuerpo cae irremediablemente boca abajo, con su dueño reclamando airadamente, a pesar de que no puede sentir nada. Inerte. Inmóvil. Un árbol humano. Más bien un musgo. Los árboles se alzan, erguidos, alcanzando alturas excepcionales, mientras que los cadáveres se esparcen por el suelo. Sólo el escenario evita que lleguen más abajo.

Afortunadamente, no necesitan mucho mantenimiento. Ya están muertos, no pueden morir nuevamente -al menos hasta donde tenemos conocimiento- por lo que la comida y funciones básicas mortales quedan fuera de las preocupaciones diarias. Y a pesar de que el cuidado para evitar su descomposición y malos olores exige un poco más de esmero, no es particularmente extenuante.

Me pregunto constantemente como será su “vida”. Qué cosas habrán visto, qué experiencias habrán vivido anteriormente. Cada uno posee una historia personal única y que fue cerrada en vida. Sé que en algún momento me llegará a mi el beso eterno de la muerte y podré responder cada una de esas preguntas irremediablemente, pero aún así me intriga de sobremanera la experiencia. Pues hay cosas que no nos dicen, misterios que sólo podremos descubrir cuando seamos nosotros los que pasemos. ¿Será obra de algún tipo de gobierno que se los impide, o simplemente son cosas que no pueden ser comunicadas por medios mortales? Preguntas que responderé algún día, inexorablemente, pero aún así no me dejan dormir.

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