Ego tripping

– Toma mi mano. ¡Ven, vamos! Ahí está la puerta.
– …
– No, no sé donde nos lleva, pero es nuestra única opción. Hacia atrás no nos queda nada y tiempo ya no tenemos.

Finamente tomó mi mano. A mi también me asusta la puerta, realmente no sé donde iremos a dar, pero me da más miedo quedarme. Subimos la escalera hacia la puerta y con muchas dudas sobre nosotros la cruzamos.

Entramos a un pasillo no muy amplio, con paredes oscuras y olor a humedad. Aun así es mejor que la estación en donde estábamos.

– Ven, no te detengas. No podemos quedarnos aquí. Mira, al fondo está la siguiente puerta.

Pasamos por varias salidas laterales y un par de escaleras, pero no podemos desviarnos. Solo podemos seguir a la siguiente puerta. La puedo abrir sin problemas, pero apenas la cruzamos siento que se abre una de las salidas laterales por las que pasamos. No va a ser fácil perderlos.

Entramos a un salón de baile. Al otro extremo veo la salida. Nuestros pasos sobre el suelo de madera resuenan hasta los balcones del segundo piso, haciendo vibrar las grandes lámparas que cuelgan del domo que nos cubre. Escuchamos puertas abrirse en los balcones y avanzar hacia las escaleras mientras alcanzamos la puerta y cruzamos nuevamente.

– ¿Cuánto más tenemos que escapar?
– No sé Tomás, espero que poco.
– Yo igual Ellie.

Nos cuesta lograr entender donde estamos ahora, la oscuridad no nos deja ver nada. De a poco el túnel empieza a tomar forma, extendiéndose por varios metros, sin dejarnos ver la salida. No sé si las sombras se empezarán a mover y los nervios no me ayudan en nada.

– Ellie, vamos.
– ¿? Sí, vamos.

Al fin Tomás está saliendo del trance y esta vez me despertó a mi. Quizás no quede tanto para que todo termine. Avanzamos a lo largo del túnel hasta llegar a una estación. Trepamos al andén y nos detenemos a ver por donde seguir. Solo vemos puertas de hierro alrededor, pero no son esas las que nos sirven para seguir.

– Mira, hay un pasaje por ahí.
– ¿Dónde?
– Ahí, a través del arco.
– Tomás, solo podemos tomar las puertas. Si cruzamos una incorrecta estaremos perdidos.
– Pero mira, es solo un pasadizo, no tiene puerta. Además, las sombras están empezando a moverse.

Tomás tiene razón, no veo el problema, no es una puerta. Cruzamos el pasadizo y llegamos a un nuevo túnel que cruza perpendicularmente la estación. Nos quedamos parados, no sabemos en que dirección seguir. Intento hablar con Tomás, pero mis palabras no salen. En su lugar me habla una voz en mi cabeza:
– “Vayan a la derecha.”
– “¿Qué?”
– “A la derecha. En la oscuridad está la puerta.”
– “¿Quién eres?”
– “…”
-“¿Cómo puedo confiar en ti?”
– “Vayan.”

No tengo tiempo para preguntarme de donde vino y a falta de opciones decido que es lo único que puedo hacer. Empiezo a moverme y a llevar a Tomás conmigo. Él no parece haber escuchado nada.

– ¿Qué? ¿Dónde vamos?
– Ven, es por aquí.
– ¿Cómo sabes?
– Solo ven.

Bajamos al túnel y nos llevo a la derecha. En cuanto dejamos la estación veo una parte más oscura que el resto. Acerco mi mano y siento una manilla. La puerta está en frente mio, pero no se si es la correcta. No me queda más que confiar y giro la manilla.

La luz del sol, aún a través de las nubes nos enceguece. Esta vez damos con campo abierto, en la cima de un cerro. Miramos en todas direcciones pero no logramos distinguir nada. Va a ser difícil encontrar la siguiente puerta. Vemos las sombras acercarse y sin tener que ponernos de acuerdo corremos en dirección contraria a ellas. Aunque no sea la dirección correcta es nuestra única opción. Mientras avanzamos vemos que en las faldas del cerro un riachuelo nos limita el camino. Se extiende por todo el borde y parece muy grande como para cruzarlo.

– Ellie, mira…
– Sí, lo sé. No podemos cruzarlo.
– Hay un camino estrecho que bordea el cerro, pero es imposible andar rápido por ahí. Pero si seguimos bordeando el río podemos quedar atrapados.
– Tenemos que decidir rápido. Dime, qué…

Nuevamente apareció la voz en mi cabeza:
– “Avanza, hay un puente a lo lejos.”
– “¿Quién eres?”
– “Avanza.”
No sé de donde viene, pero no tengo más opción que creerle. Y ya me ayudó la vez pasada, espero que no cambie de opinión.

– Tomi, ven.

Sin explicaciones lo llevo hacia adelante. Ya tendré la oportunidad de explicarle, ahora no hay tiempo. Quizás logre explicarme a mi también quién me habla. A medida que avanzamos las sombras se acercan cada vez más. No quiero mirar hacia atrás, no quiero verlas acercarse.  Luego de un par de minutos vemos el puente a lo lejos. Nos apresuramos para cruzarlo lo antes posible e intentar encontrar una puerta. Cruzamos el puente, atravesamos una corrida de árboles y el camino se acaba. Un precipicio se extiende bajo nosotros y, al otro lado, la luz salvadora.  En una de las salientes del precipicio del otro lado veo una puerta, aunque no es que nos sirva de mucho. Se nos acaba el tiempo y el camino por delante también.

– ¿Qué hacemos?
– Estamos tan cerca, ahí está la luz.
– Sí. Ahí abajo hay una puerta también, pero ninguna de las dos nos sirven ahora.
– Lo sé, estoy pensando que hacer.
– Se están acercando cada vez más.

En eso me doy vuelta y, aparte de las sombras acechándonos veo la puerta detrás de un árbol. Tomás también la ve y nos lanzamos a correr hacia ella. Acercarnos a las sombras y alejarnos de la luz no es agradable, pero hemos de cruzar la puerta para tener la oportunidad de volver.

Entramos a una sala redonda, con ocho puertas y un pedestal al medio. Sobre este hay una cabellera rojiza, tomada en una cola. Toco mi cabeza para asegurarme que mi pelo sigue en su lugar.

– Ellie, es igual a tu pelo.
– Sí. No me gusta este lugar. Vámonos de aquí.

Rodeamos la peluca sin dirijirle una nueva mirada y cruzamos la sala hacia la siguiente puerta. Casi nos caemos al salir de ella, puesto que llegamos al precipicio anterior. Estamos en la puerta de la saliente y sin saber donde ir. Agarro su mano aún más fuerte. No nos hemos soltado en todo el camino y tampoco podemos hacerlo. No si queremos lograrlo. Con mucho cuidado bordeamos el precipicio y entramos a una cueva. Las sombras se revuelven dentro de ella, pero no se acercan. Alguien nos espera con la puerta abierta, proyectando una gran luz.

– “Vengan”.

Tomás asiente y me doy cuenta que también se ha comunicado con él. Ya no hay tiempo para dudar. Cruzamos la última puerta y llegamos a la luz. No soltaré su mano. Al menos por un rato más quiero sentirlo a mi lado.

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